Difícilmente podíamos haber imaginado aquel día un escenario tan antagonista al que teníamos en mente. 

El sol y el calor que nos acompañaron durante todo el camino tornaron, repentinamente, en el frio y la oscuridad más tristes justo cuando llegamos a la playa. La ausencia de luz y la falta de visión habían detenido el tiempo en aquel lugar, un sitio acostumbrado a estar lleno de vida, un punto de reunión para aquel pueblo que vivía pegado al mar, pero del cual no había ni el más mínimo signo de su existencia en aquel instante. 

En el aparcamiento apenas dos coches nos esperaban a nuestra llegada. Desde allí, en circunstancias normales, podríamos haber visto la situación del mar; sin embargo, aquel día la vista amplia de los tres picos principales se nos era negada completamente, por lo que no quedó más remedio que descender la pasarela y esperar que, desde la orilla, aquel enorme manto gris fuese menos denso.

Ya en la orilla pudimos ver, por fin, las primeras olas del día. En el agua aparecian y desaparecian intermitentemente dos surfistas, probablemente los dueños de los coches que nos recibieron en el aparcamiento, mientras disfrutaban de una atípica sesión de domingo en solitario.

La visibilidad era bastante pobre, pero nos permitía ver lo suficiente como para salvar el baño. 

No fue, ni mucho menos, lo que habíamos esperado; una sesión lúgubre, en la que apenas podíamos distinguir la arena desde el pico, y con una leve brisa gélida que hacía, si cabe, más hostil aquel paisaje. Pero flotando en medio de aquella penumbra, esperando a unas líneas que parecian alzarse desde la nada, uno podía sentir la sobrecogedora e intensa sensación de unión con el mar. 

No fue, ni mucho menos, lo que habíamos esperado. Quién sabe si fue mejor. 

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