Lucía no tuvo tiempo de conocer a su abuelo. O mejor dicho, no tuvo tiempo de conocerle como a ella le hubiese gustado.

Cuando ella era apenas un bebé sus padres emigraron a Florida, y esa fue una distancia muy difícil de salvar. Salvo algunas navidades contadas, pocas fueron las ocasiones en las que la jovencita tuvo oportunidad de hablar con ese hombre de barba frondosa y cabello tupido.

Cuando le preguntaba a su madre por él, ella siempre le respondía que el abuelo había sido un respetado marinero… “El abuelo pasaba mucho tiempo fuera de casa […] Cada año se iba a un lugar lejano llamado Terranova, y allí cuidaba de los demás marineros, porque era el patrón del barco. En casa nunca nos faltó de nada…” solía decir con orgullo su madre.

Cuando Lucía tenía 12 años su abuelo falleció. Fue un momento muy difícil para toda su familia, especialmente para su madre, a quien el eco de la distancia y el tiempo lejos del hogar le pasaron especial factura. Ella, por su parte, lo vivió como lo podría hacer cualquier niña de su edad, con una mezcla de sentimientos que no sabía muy bien como explicar.

Fue en esos días de tristeza donde Lucía, sin embargo, mejor pudo conocer a su familia materna. Todos sus tios y sus primos se veían día tras día, para hacer piña ante esos momentos tan difíciles, y la casa familiar, donde vivia la abuela, fue el lugar de todas esas reuniones y encuentros familiares.

Aún hoy, y pese a que han pasado más de veinte años, el recuerdo de aquellos momentos le produce una gran alegría y nostalgia a la vez. A aquella casa no volvería más; por desgracia, su abuela no pudo superar la muerte de su marido y murió a los pocos años. La casa, por su parte, acabaría siendo vendida cuando ella aún era menor de edad, pero aquel triste acontecimiento no solo le sirvió para conocer a una parte importante de su familia, si no también para saber más de su difunto abuelo.

Y es que en una de esas comidas familiares, mientras su madre revivia con sus hermanos viejas escenas del pasado, plasmadas en desgastados álbumes de fotos, Lucía descubrió una pequeña libreta que había sido de su abuelo. Apenas tenía una docena de páginas escritas, pero en ella, el anciano descubría a su nieta la que había sido su gran ilusión en sus últimos años de vida. Tras leer las primeras líneas, la jovencita no pudo vencer la curiosidad…

“En mis últimos viajes como patrón, al llegar al puerto, me llamó mucho la atención aquellos hombres que desafiaban las olas del Cantábrico con una especie de tablas flotantes. Eran muy poquitos, pero me causaban un profundo respeto. Yo, que había vivido el infierno en los océanos, tenía que conocer, si la había, esa cara amable del mar de la que parecían disfutar tanto aquellos valientes…” 

Microrrelato: El cuaderno de olas

Con los años, Lucía terminaría por completar aquel precioso cuaderno que un día empezó su abuelo.

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