Situada en el Océano Índico, entre Java y Lombok, encontramos una isla de forma triangular con un tamaño unas tres veces el de Ibiza y que es el único enclave hinduista de la República de Indonesia. Bali es uno de esos paraísos lejanos, exóticos y deseados para muchas personas viajeras y, junto con Hawaii, California, Maldivas o Australia, constituye uno de los spots soñados para los surfistas de todos los rincones del mundo. Y es que la calidad de sus olas, que rompen mayoritariamente sobre arrecifes de coral que dan estabilidad al fondo marino, hacen que lugares como Uluwatu o Padang Padang sean solo dos de los rincones en los que surfistas de todo el mundo pueden encontrar olas consistentes y ordenadas prácticamente en cualquier época del año.

Sin embargo, Bali tiene mucho que ofrecer también a aquellas personas que deciden acercarse a disfrutarla. Sus gentes, su gastronomía y su clima tropical hacen que sea un lugar perfecto para conectar con la naturaleza y la amabilidad de un pueblo que vive por y para sus dioses.

Dividida en ocho regiones, Bali es uno de esos lugares que te atrapan desde el primer momento y en los que la espiritualidad se deja notar en cada uno de sus rincones. De los casi 4 millones de habitantes que tiene la isla el 90 por ciento practica el hinduismo balinés, lo que hace que cada mañana realicen sus homenajes para “contentar a los dioses buenos pero, además, para aplacar a los malos”. Pasear por las calles de Bali es hacerlo rodeándose de ofrendas elaboradas con flores, comida y barritas de incienso que hacen que todos los lugares de la isla tengan un olor muy especial.

Uno de los mayores atractivos de Bali lo constituyen los más de 200.000 templos construidos en la isla y que basan su estructura en la cosmología hinduista. Besakih Temple, Tanah Lot o Luhur Uluwatu son quizás los más representativos y en los que mejor se aprecia la belleza de su arquitectura, en unos enclaves espectaculares. Pero, sin duda, si hay una parada obligada para todas aquellas personas que viajen a Bali para disfrutar de una escapada cultural y de relax es el pueblo de Ubud, considerado el centro vital de la cultura balinesa. En este rincón situado en el interior de la isla y suspendido entre arrozales se entremezclan casi por igual las tiendas de diseño, las galerías de arte y los centros de spa en los que dejar a un lado el estrés y disfrutar de los mejores masajes relajantes del mundo. Pero, además, el pueblo ofrece innumerables restaurantes en los que los viajeros pueden disfrutar de una exquisita oferta gastronómica basada en el arroz y que permite saborear los platos más típicos como Nasi Goreng, Nasi Campur, Cap Cai, Mie Goreng o Satay.

Viajar a Bali es hacerlo a un lugar espiritual en el que el ruido del tráfico y de las motos (medio de transporte por excelencia en la isla) queda relegado a un segundo plano gracias a la música tradicional balinesa. Creada a partir de tambores y gongs, esta melodía lo inunda todo y, sin quererlo, se convierte en la banda sonora de cualquier desplazamiento por la isla.

En definitiva, viajar a Bali es hacerlo a un remanso de paz en el corazón del Sudeste Asiático.

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