Esa mañana de sábado no era muy distinta a tantas otras en aquella playa. Medio centenar de personas flotaban en el agua, como boyas de color negro, en busca de una ondulación sobre la que desplazarse unos cuantos metros y sentir aquello que, por alguna razón, les hacía volver a aquel lugar una y otra vez.

Veteranos, aprendices, grupos de amigos, monitores de escuela y profesionales que nunca salieron de allí, se mezclaban entre sí con el único objetivo de surfear una ola. Pero cuando el premio no recompensa el esfuerzo empiezan a surgir las dudas, y, poco a poco, los nervios. En el fondo, a nadie le gusta esperar quince minutos para coger una ola que, si es su día de suerte, podrá surfear sin que se le cruce nadie. La paciencia tiene un límite. Y muchas veces hemos visto como ese límite se cruzaba, también en nosotros. También aquella mañana de sábado.

Pero ante eso hay personas que saben responder con una sonrisa. No se ponen nerviosos, no se enfadan, no saltan olas ni ponen malas caras. Son pocos, cada vez menos, pero encontrarse con ellos en el agua es una auténtica alegría.

Ese día la alegría tenía el nombre de Tino, un veterano longboarder que frecuentaba ese spot mucho antes de que lo hiciera yo. Le faltó tiempo para reírse de mí al verme remar hacia allí.- ¿Qué, desde fuera te debía parecer que éramos pocos aquí que no te lo querías perder, no? me preguntó con sorna.- Espero que hayas traído algo de picar porque la chavalada no perdona, no dejan ni las migas…

Tino era un auténtico maestro de la paciencia. Nada le alteraba, siempre parecía tener el control de la situación y, por supuesto, nunca perdía las formas. Tal y como me había adelantado Tino, en la primera media hora que estuve en el agua junto a él no cogimos ni una ola, de hecho, prácticamente ni lo intentamos. Estuvimos básicamente poniéndonos al día, pendientes de vez en cuando de que alguna serie puñetera no nos cogiera muy abajo.

En un momento de entre series me dijo que la playa pronto se vaciaría, la hora de la comida se acercaba. Era el momento de coger un par de olas antes de tomarnos unas merecidas cervezas.

Y, efectivamente, así fue. Cogimos apenas tres olas cada uno, muy pocas para haber estado más de una hora en el agua. Pero salimos del agua mejor de lo que habíamos entrado, sin agobios ni tensiones, recordando los motivos y sensaciones que nos hacen amar tanto este sin sentido llamado surf.

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