Conocía a Jerónimo desde que era niño. Más bien sabía de su existencia, porque realmente no llegué a hablar con él hasta muchos años después…

Jerónimo era un señor fornido, de espaldas anchas y semblante serio. A pesar de tener el pelo cubierto de canas, así como su poblado bigote, no parecía tener edad para estar jubilado… Su piel era firme y estaba siempre bronceada, incluso en invierno. Imagino que su afición al mar tendría, lógicamente, mucho que ver en eso.

No había muchos hombres como él. En parte, si lo piensas bien, era normal. Pocas personas tienen la suerte de disponer del tiempo suficiente como para ir cada día al mar, y si lo tienen, muy pocas lo aprovechan. Él sí lo hacía.

La verdad es que no recuerdo cuando fue la primera vez que me percaté de su presencia en la playa, pero siendo sincero, tampoco me acuerdo del día en el que aquel señor no hubiese acudido a su particular cita con el mar. Nuestra amistad llegó, como decía antes, un poco más tarde. Con el tiempo, mi pasión por el surf desembocó en mi profesión, por lo que mis días en la playa aumentaron considerablemente. Fue en ese momento cuando empecé a conocer de verdad a Jerónimo.

Al principio eran meros saludos, simples intercambios de “Hola, qué tal? Hasta luego”. Pero nuestras caras se fueron haciendo familiares y, poco a poco, empezamos a hablar cada vez más y más. Lo que más me gustaba de las conversaciones que tenía con él era la forma con la que narraba las incontables historias que guardaba. La gran mayoría de ellas estaban estrechamente relacionadas con esa playa, a la que llevaba ¡más de veinte años yendo día tras día! —La única época del año en la que no puedo venir es la primera quincena de julio –me dijo un día–. Son las vacaciones de mi mujer — alegó, encogiéndose de hombros.

A mi me fascinaban sus relatos, y él pareció percatarse de ello desde el primer momento. Sin duda alguna la pasión por el mar de aquel hombre era encomiable, además de haberse convertido, sin saberlo, en el mejor cronista que podía tener aquel lugar.

Llegó el momento en el que prácticamente hablábamos casi cada día, a veces más y otras menos, pero siempre con una continuidad asombrosa. Incluso empezó a convertirse en un habitual por la escuela. Disfrutaba con el ajetreo de niños y niñas, de tablas y neoprenos, de padres y monitores yendo de un lado para otro…

Nadie podía esperar que un día de invierno, sin previo aviso, Jerónimo dejase de venir a la playa. Al principio le llamé por teléfono varias veces al día, sin obtener respuesta ninguna. Durante las semanas siguientes lo volví a intentar, con el mismo resultado. Recuerdo que fue muy frustrante, no tenía ni idea de cómo dar con él, y la verdad es que todo aquello me resultaba muy extraño. Era como si se hubiese esfumado de la faz de la tierra.

Finalmente, las estaciones y los años fueron pasando, sin que nada más se supiese de él. Su ausencia se convirtió poco a poco en algo normal y, sin darme cuenta, Jerónimo cayó en el olvido.

Hasta aquella mañana de marzo. No suelo ser una persona que lea la prensa ni que mire los informativos, pero esa mañana, no se muy bien por qué, sí lo hice. Recuerdo que estaba en el bar de Toño, tomando un café mientras diluviaba afuera. Era un día de temporal, el mar estaba desfasado y además hacia frío. Estaba ojeando distraídamente las páginas de aquel diario hasta que, de repente, una fotografía anexa a un texto me dejó en blanco. No había dudas, el hombre que aparecía en esa imagen era Jerónimo. Estaba mucho más pálido y su rostro había perdido firmeza. Era evidente que había adelgazado. El titular de aquella noticia fue suficiente para entenderlo todo: “Después de tres años en prisión, queda libre bajo fianza Jerónimo B.Z., el mayor estafador del sector pesquero de la última década”.

Elefantes y Gaviotas

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