Hacía tiempo que el futuro se había olvidado de aquel lugar. La falta de perspectivas laborales y el incipiente éxodo a las ciudades eran las principales causas, pero no las únicas. La dureza del clima y unas pésimas condiciones de la red viaria consumaban el funesto diagnóstico: Ese sitio parecía haber sido abandonado a su propia suerte.

Apenas una treintena de personas vivían allí. La mayoría eran mayores de 65 años, aunque también había algunos jóvenes, nativos del lugar que en su día decidieron quedarse y apostar por su tierra. Entre toda aquella gente solo había dos forasteros censados. Se trataba de una pareja de franceses que emigraron de su país a finales de los ’70. Lo cierto es que la mujer no era del todo desconocida entre los lugareños, ya que, cuando todavía era casi una niña, pasó allí algunos veranos viajando con sus padres en una especie de furgón-casa. Sin duda alguna, esos extranjeros debieron formar parte de los primeros turistas que visitaron nuestro país a mediados del siglo pasado…

En la actualidad ella se encargaba de la panadería del pueblo, después de haber estado unos cuantos años ayudando a la panadera hasta que a esta le llegó su jubilación. Él, por su parte, había montado un pequeño taller de trabajo en el bajo de su casa. Sin embargo, al contrario que ella, él apenas hablaba el idioma, y tampoco parecía tener mucho interés en hacerlo. La verdad es que al principio nadie en el pueblo sabía muy bien a que se dedicaba “el francés”, que era como le conocían. Además, cuando alguien le preguntaba a su mujer al respecto, ella se limitaba a responder con ambigüedades: “Fabrica cosas que no se pueden vender” o “si aprovechase su talento para algo de provecho”…

Con el paso del tiempo él se fue integrando en la pequeña sociedad del lugar. El matrimonio tuvo un hijo, y eso fue una de las noticias más importantes de ese año. Fue por aquel entonces cuando “el francés” se puso al frente de la panadería, y también cuando la curiosidad de la gente volvió a aparecer. Según les comentaba a sus vecinos, el nombre de su oficio se decía algo así como seiper, un término extranjero que el diccionario traducía como “formador o modelador“. Pocos quisieron saber más sobre su trabajo… ¿formador de qué? se preguntaban.

Sin embargo, el transcurso de los años acabaría dándoles la respuesta. El hijo del matrimonio debía tener ya unos seis o siete años cuando, una tarde cualquiera, apareció en la playa del pueblo con una especie de embarcación náutica, muy pequeña y plana. Iba acompañado de su padre, que, tumbado en la arena, parecía querer explicarle como tenía que nadar en el agua… Acto seguido, el chico se metió al mar y empezó a ir hacía “lo hondo”, tumbado sobre aquel artilugio, mientras su padre, desde la orilla, le iba diciendo lo que tenía que hacer. Algunos pescadores que estaban trabajando sus redes en el puerto vieron la escena, y se acercaron a ellos…De repente, el niño se dio la vuelto y empezó a nadar hacia la orilla sobre las espumas de una ola. Fue entonces cuando uno de aquellos hombres le preguntó al francés. -Disculpe, ¿qué está haciendo su hijo?! Él padre le respondió. – ¡Está surfeando las olas con una tabla hecha por mi! ¿No le parece maravilloso!?

Elefantes y Gaviotas

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