No me gustaba el surf. No para mi hijo. Siempre pensé que jugaría al fútbol como el resto de sus amigos; más aún viendo lo bien que se desenvolvía con la pelota desde bien pequeño.

A mí siempre me ha gustado mucho el fútbol, y me hacía muy feliz ir a jugar con él al parque. Mi hijo apenas sabía caminar y ya le estaba dando patadas a una pelota. Durante sus primeros años no tuvo otra cosa en mente, hasta llegar al punto de tener que castigarle en varias ocasiones por jugar con el balón en casa.

Cuando empezó el colegio lo apuntamos a la escuela de fútbol base. Su entrenador no tardó mucho en avisarnos del potencial que veía en él. Lo cierto es que, pese a tener solo seis años, mostraba una gran habilidad con la pelota. Los demás niños de su edad no se la podían quitar, a no ser que le rodeasen entre unos cuantos.

Sin embargo, las vacaciones del verano de 2010 cambiaron sus esquemas. Queríamos salir del calor agobiante de Barcelona y decidimos ir al norte. Teníamos ganas de conocer los pueblecitos de Euskadi, ya que nos habían hablado muy bien de esa zona, así que estuvimos parando por algunos sitios. Uno de ellos fue Zarautz.

Allí mi mujer se empeñó en que quería probar el surf. A mi me parecía perder un poco el tiempo, y no quise probar, pero ellos se lo pasaron muy bien, incluso se pusieron de pie en la primera clase. Los dos quisieron repetir al día siguiente y me vi obligado, en cierta manera, a probarlo yo también.

No me levanté ninguna vez, pero aún así me lo pasé mucho mejor de lo que hubiese pensado. Realmente no hice más que revolcarme en el agua, pero ver como los demás pueden ser tan patosos como tú me pareció divertido. Es interesante ver como reacciona cada persona cuando hace algo por primera vez.

Mi mujer y mi hijo son de otra pasta. Eran los alumnos avanzados de sus respectivos grupos y se ponían casi siempre de pie. Era gracioso escucharles como gritaban y se reían sobre la tabla de surf. Él tenía 11 años.

Sin embargo, el final de las vacaciones supuso el comienzo de un gran problema. Él quería seguir haciendo surf y no entendía que en Barcelona no se podía hacer surf. Estuvo pidiéndonos volver a Zarautz durante todo el curso, así que cuando llegó el verano de 2011 no nos quedó otra opción que volver.

A mí me estaba empezando a cansar un poco toda la tontería esta del surf, pero mi mujer, por suerte, no era como yo. Ella sí veía lo feliz que era nuestro hijo en las olas. Fue precisamente por eso por lo que se estuvo informando y preguntando hasta que obtuvo la respuesta que quería. En Barcelona también se podía hacer surf.

Para mi fue un shock en su momento y durante mucho tiempo después. Nuestra rutina familiar cambió por completo y admito que, aunque ahora me resulte hasta gracioso, en aquella época me vi superado en algunos momentos. Kilómetros en balde, tablas de surf siempre por en medio y arena. Mucha arena; en el coche, en casa, en la ducha y en su ropa. Sin olvidar el neopreno, ese ser extraño que se había convertido en imprescindible y que siempre olía a humedad.

Así estuvimos hasta el año pasado. El fútbol fue quedando relegado a un segundo plano y eso me puso un poco triste en su momento. Pero también he aprendido mucho de la afición de mi hijo. Reconozco en el surf unos valores que no tienen la mayoría de deportes: el respeto y cuidado de la naturaleza, la libertad, la humildad y la búsqueda de la felicidad en el entorno. Fue precisamente esto último lo que tanto he tardado en aprender yo y lo que él entendió desde el primer minuto. La felicidad se encuentra en esos fugaces momentos, en los que compartes con el mar un instante que no se repetirá.

Este año ha cumplido 18 años y le hemos regalado nuestro viejo coche. Ese con el que fuimos por primera vez a Zarautz. Nosotros hemos ahorrado para comprarnos una furgoneta. Por aquello de conocer nuevos lugares y disfrutar del entorno de otra manera.

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