Con la vista aún entumecida miro la ventana.

Todo está oscuro. Todo está en silencio.

Por las rendijas de la persiana se filtra la tenue luz cálida de las farolas.

Cierro los ojos y me giro de lado. El calor de la cama me abraza y me acurruco de nuevo.

Extiendo mi brazo; pero cae en peso muerto.

No está.

Abro los ojos de golpe y busco con la mirada el dichoso despertador.

6:11 es el número que aparece en la pequeña pantalla. No puede ser…

Me quedo mirando el techo en la penumbra y suspiro. Entonces caigo en la cuenta… me lo dijo ayer. Mierda…

Palpo la pared buscando el interruptor de la luz. No voy a dormir más, no voy a poder…

Me levanto y un leve aturdimiento sacude mi cabeza. ¿A qué hora se habrá despertado? es increíble…

Me pongo la bata. La casa está fría… ¿Cómo es capaz de tener esta fuerza de voluntad? me repito de nuevo.

La perrita me mira de reojo, desde su colchón. La segunda idiota en levantarse a estas horas, debe pensar.

Después de ir un momento al baño, encuentro en la cocina lo que estaba esperando.

Buenos días cariño 

He ido a doniños. Estaré de vuelta antes de las 10:00 

tqm!

Menos mal, pienso. De todos los sitios ha ido al más cercano.

Preparo una cafetera. Está limpia… no ha desayunado nada. Mira que le tengo dicho que no es bueno ir al mar sin nada en el estómago…en fin.

Pongo las tostadas a calentar y el café empieza a hervir.

Hoy es su cumpleaños. Recuerdo como hace un par de días me dijo, muy contento, que hoy habría buenas olas y que en el trabajo le habían dado el día libre. Llevaba más de una semana sin ir a la playa y eso no es lo habitual en él. Pero la verdad es que ha tenido bastante curro en el trabajo y los días no le daban para más.

No me recordó que hoy cumple años. Tampoco hizo falta. Yo también me encargué de hacer los deberes y cambié el turno para pasar el día con él.

El desayuno me había sentado genial. Eran casi las 7 y la perrita apareció por la cocina. Se había dignado a levantarse, por fin. Supongo que el olor a las tostadas fue un buen aliciente. Le puse su comida en el bol y me fui a la ducha. Me había decidido a darle una sorpresa.

Recuerdo como al principio de nuestra relación me pedía con frecuencia que fuese con él a la playa. Le gustaba que le mirase cuando surfeaba, y que le sacase fotos. Pero la verdad es que, salvo un par de días sueltos en verano, no fui nunca. Nunca se me pasó por la cabeza acompañarle cuando llegaba el invierno. De hecho, siempre me ha costado entender como él y sus amigos siguen yendo, llueva, truene o haya un vendaval… y con este frío… brrr, gracias, pero no. Con el tiempo el pobre se cansó y dejó de pedírmelo.

Pero hoy iba a cambiar eso. Aunque fuese solo por un día. Era su cumple y se lo merecía.

Salí de la ducha y me vestí. Me asomé a la ventana y observé como aún era de noche, aunque ya empezaba a clarear por el horizonte. Hoy iba a hacer un día precioso.

Cogí la cámara de fotos y metí a la compi peluda en el coche. Puse la llave en el contacto y encendí la calefacción. Eran las 7:37 y el termómetro marcaba 6.5ºC. -es coña ¿no? Dije en voz alta para mí sola.

Arranqué y tiré hacia Doniños. Desde casa eran poco más de 20 minutos. A medida que iba llegando, el día hacía lentamente acto de presencia.

Cuando dejé atrás la aldea del Vilar, miré fugazmente hacia el mar. Se confundía con el horizonte, todavía en penumbra por ese lado. Una fugaz sensación de bienestar y felicidad se apoderó de mí.

Por un momento todo lo que no había sido capaz de entender hasta ahora cobró sentido. La impresión que debía tener él, desde el agua, al ver amanecer así tenía que ser algo único. Digno de ser vivido. Ignorante de mí.

Llegué al parking. Me sorprendió verlo prácticamente vacío. La verdad es que no recordaba haberlo visto así nunca. Apenas había un par de coches y media docena de furgonetas. Aparqué al lado de la nuestra y saqué a la perra del maletero. Salió corriendo hacia todos lados. Daba gusto verla correr así, pensé.

Cogí la cámara y fui hacía la pasarela. Desde allí los vi. Debían ser unos 10 o 12 en el agua. Las olas no parecía muy grandes y la playa lucía inmensa. La marea estaba muy baja. Saqué una foto antes de comenzar a bajar pasarela abajo.

Desde la orilla las olas parecían un poco más grandes. Las cabezas de los surfistas se perdían por detrás de las olas que iban rompiendo. Entonces apareció su sombra en esa ola. El sol del amanecer iluminaba su tabla grande de color rojo, mi favorita. Ajusté el objetivo y empecé a disparar en ráfaga lo más rápido que pude.

La luz era increíble y el color del agua, al reflejo de los primeros destellos del sol, adquiría un tono eléctrico, hipnotizante. Pero sin duda lo mejor fue como surfeó esa ola. Yo no tenía mucha idea, pero verlo deslizarse así, con esa elegancia y sencillez me dejó con la boca abierta.

Cuando se decidía a remontar la rompiente grite su nombre lo más alto que pude. Se giró y levanté la mano, saludándole desde la orilla.

Se quedó parado un instante.

Y entonces cogió una espuma y vino hacia mi. Hacía tiempo que no le veía sonreír de esa manera.

De todas las que fotos hice, y fueron muchas, esa fue la que más le gustó.

Dejar una respuesta

Please enter your comment!
Por favor ingrese su nombre aquí

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.