Uno de los aspectos que más me interesan sobre el surf es saber cómo lo viven distintas personas; saber qué sienten al cabalgar una ola, cómo lo compaginan con su rutina y obligaciones y cuál es el motivo que les lleva a seguir surfeando día tras día. Es bonito escuchar sus historias e imaginar cómo hubiera actuado yo en esa situación.

Por eso, cuando llega el mes de agosto, una de mis escapadas favoritas es la que me conduce a casa de Raúl, un viejo conocido del Mediterráneo que, al igual que yo, decidió cargar la furgoneta y mudarse al norte. Su historia, a parte de esa coincidencia con la mía, no tiene ningún parecido más con lo que yo he vivido. 

Lo que hizo Raúl fue, literalmente, dejarlo todo por el surf. Su trabajo, su antiguo piso de alquiler y su circulo de amigos quedaron a orillas del Turia. Por mi experiencia, se que tuvo que ser una decisión difícil, pero también se que fue la mejor decisión que pudo tomar.

En su caso, lo que le ocurrió es que, tras rodar todo el verano por la costa cantábrica, Raúl llegó a Galicia, y allí encontró un lugar del que no se querría marchar nunca más. En lo que antaño fue conocido como el fin del mundo, él encontró su lugar al lado de una rompiente solitaria, alejada de todo y de todos. 

Por aquel entonces su novia, que le había acompañado en esa aventura, ya le habría dejado, cansada de aquella vida solitaria a orillas del duro atlántico. Él debía tener unos treinta y pocos en  esa época, y yo aún no le conocía.

Eso ocurriria unos cuantos años más tarde, cuando yo recorrí un camino similar al que él emprendió tiempo atrás. Le conocí en una escuela de surf situada muy cerca de Vigo, él llevaba un tiempo trabajando allí y le tocó la difícil tarea de ser mi tutor durante mi periodo de prácticas. En los tres meses que trabajamos juntos tuve la suerte de aprender mucho de él, no solo en lo relacionado con el surf, si no con la forma de entender la vida. Fue allí cuando me contó su historia y las ganas que tenía de volver a esa playa de la que apenas nadie sabía nada.

Al terminar la temporada de verano, quedamos en vernos el próximo año, pero eso no llegaría a producirse. El verano siguiente Raúl no volvió por la escuela. De hecho, creo que yo ocupé su puesto como monitor… 

No le volví a ver en años, hasta que un día, en un evento local, tuve la grata sorpresa de encontrarmelo de nuevo. Me dijo que tenía muchas cosas que contarme; sobre la playa, sobre su vida y lógicamente, también sobre el surf, pero no tuvimos mucho tiempo en aquella ocasión para hablar con tranquilidad, así que me emplazó a que le hiciera una visita el siguiente fin de semana. Después de tanto tiempo, ¡por fin iba a conocer aquel lugar que con tanto celo había sido guardado!

Cuando llegué allí me pareció un sitio increíble. Toda la fuerza del Oceáno Atlántico parecía desembocar en esa inmensa playa desierta, sobre la que apenas asomaban media docena de casas construidas a lo largo y ancho de unas verdes laderas. El único resquicio de vida lo protagonizaban un pequeño rebaño de vacas, que pastaban tranquilamente ajenas a todo lo que ocurría en el mundo.

Era, sin lugar a dudas, uno de los lugares más singulares en los que había estado. El sonido de las olas y el viento te envolvían por completo, y una extraña y agradable sensación de soledad lo invadía todo. 

En un momento dado, una voz humana que venía de mi espalda me sacó de mi ensimismamiento. Era Raúl, saludándome desde una de las casas que había visto antes. Fui hasta allí y cuando llegué, mi vista se detuvo en la inscripción de un viejo letrero de madera que daba la bienvenida a su casa. “Todo por una ola en el jardín”, se podía leer en él. Miré a Raúl y en ese instante cuando lo comprendí todo. Aquel hombre lo había dejado todo por vivir un sueño, y lo más importante, parecía feliz por haberlo conseguido.


“En este mundo traidor, nada es verdad ni mentira. Todo es según el color del cristal con que se mira.”

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