No nos dimos cuenta y se hizo de noche. Entre cervezas y risas los demás se fueron yendo, hasta que finalmente quedamos solos mi buen amigo Félix y yo. El camarero, que estaba tras la barra secando unas jarras, debió ver que la reunión tocaba a su fin y aprovechó para preguntar, muy educadamente, si nos traía la cuenta. Miré de reojo a mi amigo, esperando a ver si se anticipaba en su respuesta.

–¿Le importa si nos tomamos la última? Se apresuró a responder. Se me esbozó una leve sonrisa de la que el señor se percató. Me miró como mira un padre a un hijo, entre el reproche y la comprensión, y le dijo a Félix que no había problema.

–Ahora mismo les traigo dos más. Dijo, retirándose.

Nos quedamos un instante en silencio, mirando desde la terraza aquel mar en el que se intuían las espumas de las olas, alumbradas ahora por la luz de las farolas que rodeaban la playa.

–¿Nunca te has planteado en volver? me preguntó entonces Félix, manteniendo su mirada inmóvil sobre el mar.

Su pregunta fue como el sonido del despertador por la mañana, quebrantando con su ruido el silencio de la noche. Le miré de soslayo,  esperando que me devolviese la mirada. Lo hizo, y le respondí que él sabía perfectamente que sí.

–¿Recuerdas algún año en el que no haya venido al menos un par de veces? Le pregunté. -Sabes que siempre que puedo vengo aquí, y si no vengo más es por culpa del trabajo.

En ese momento el camarero nos trajo las cervezas y la cuenta. Le di las gracias. Félix seguía mirándome, aguardando a que nos quedásemos solos de nuevo.

–Se te echa de menos. Mucho. Y sabes que aquí trabajo no te faltaría.

Giró de nuevo la vista hacia la playa y apretó fuerte los labios, como tragándose lo que iba a decir a continuación.

–Ya lo se, le dije lacónicamente. Le di un gran trago a la cerveza fría, saboreando la densa espuma de ese primer sorbo. Apoyé la jarra medio llena sobre la mesa y volví a mirar a Félix. Se había quedado absorto en la misma posición.

–Se por qué te jode que no esté aquí. Le dije entonces. –Pero también deberías saber que no tenía otra elección. Ni hubiese sido feliz yo, ni tampoco lo hubiese sido tu hermana.

Félix me había devuelto, de nuevo, la mirada. Su cara estaba inclinada hacia la mesa, pero sus ojos estaban clavados otra vez en los míos.

Los dos refrescamos las ideas brevemente con el sabor del lúpulo.

Bajé levemente la cabeza y le dije que no me culpase más por ello. Félix se recostó en el respaldo de su silla. Su gesto se suavizó notablemente y dibujó una sonrisa irónica en su cara.

–¿Quién soy yo para culparte? murmuró. Su mirada se volvió a perder en la oscuridad de aquella playa.

–Es difícil entender la vida, dijo entonces. –Cuanto más lo intentas, incluso es peor. Lo mejor es no pensar, dejarse llevar y fluir, ¿no crees?

Era obvio que no esperaba una respuesta por mi parte. Estaba exteriorizando sus pensamientos y yo le escuchaba, atentamente, dirigiendo también mis ojos hacia el mar. En ese instante levantó su jarra, invitándome a que alzara la mía y brindáramos.

–¿Por qué lo hacemos esta vez? Le pregunté. –Por esta playa, respondió, casi sin alzar la voz. Porque aquí empezó todo.

Paguera, nuestra playa

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