Negro.

El primer atisbo de luz, débil y frágil, que quiere pero no puede abrirse paso tras una larga noche.

El sonido de mis zapatos en la penumbra, sobre una tierra inconsciente, inmóvil bajo la nieve y el hielo de un invierno que impone su ley.

El compás del parabrisas, imperturbable en la oscuridad de un viaje hacia la luz más enigmática, el mar es el destino.

Gris.

La atmósfera de la playa, despertando tenuemente al ritmo del latido de un mar lleno de vida, empieza un nuevo día.

La mezcla de sal y viento, unidas por las partículas invisibles pero perceptibles de una ola que recién rompió.

El conjunto de un instante, a veces espejismo, en otras destello. Difícil distinguir entre ambos cuando el frío lo envuelve todo.

Blanco.

El contacto con la primera espuma, gélida y penetrante. El corazón se activa y las dudas se disipan. No hay penumbra, no hay lugar para ella. Tu mente queda en blanco y sonríes, estás donde querías estar.

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