Hacía meses que Pedro no iba a la playa. Su horario de trabajo, sus obligaciones familiares y su rutina semanal se habían convertido, casi sin querer, en las protagonistas de su vida. Además, las pocas horas de luz del invierno no facilitaban las cosas. Sin apenas poder hacer nada al respecto, Pedro se había convertido con los años en lo que él conocía como surfista de verano. 

Lo cierto es que la visión de esa simple idea años atrás le habría horrorizado; esos surfistas no sentían el surf de verdad, eran como de segunda clase, meros turistas que preferían el buen tiempo a surfear olas de verdad, se jactaba con sus amigos de clase. Bendita ignorancia juvenil.

Esa etapa, la del surf adolescente, fue sin duda la que nunca olvidaría en su vida. La del surf con los colegas, la de saltarse las clases cuando había un buen parte, la de llevar las tablas en el autobús y la de surfearlo todo, sin importar el tamaño, el viento o la marea. El surf era lo más importante, y no había ningún motivo por el que no lo tuviese que seguir siéndolo en el futuro.

Pero el paso del tiempo es para todos, y, con apenas veinte años, Pedro tuvo que empezar a compaginar sus estudios universitarios con un trabajo. Aún así hacía todo lo posible para ir a la playa, pero las horas del día no dejaban mucho margen para grandes baños; se surfeaba lo que se podía y cuando se podía, y muchas veces se hacía solo.

Sin embargo, el momento que supuso un antes y un después en la relación de Pedro y el surf fue cuando aceptó una beca de formación en el extranjero. Estaría allí dos años, tiempo suficiente para labrarse un futuro profesional exitoso, pero también demasiado tiempo lejos de la playa y de las olas. El surf quedó guardado en un cajón.

Cuando regresó a casa todo había cambiado. Volvió a casa con pareja y un trabajo estable. También con dinero, con el que pudo costearse la furgoneta camper más equipada del mercado. Su forma de ver la realidad había cambiado notablemente, pero en su interior seguía habiendo algo que le impedía abandonar eso que tanto le había marcado en la etapa más intensa de su vida. El surf nunca volvería a tener el protagonismo de antaño, pero Pedro no podía concebir el paso del tiempo sin hacer aquello que le hacía sentir tan vivo. Aunque fuese solo en verano.

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