Llevábamos poco más de una semana en aquel paraíso verde y gris. Paraíso en su visión más subjetiva. Quien haya estado en la isla esmeralda sabe de lo que hablo… A pesar del paso de los años, ese final de octubre sigue intacto en nuestras memorias. Largas y húmedas sesiones de surf, siempre acompañadas por un manto neblinoso sobre nosotros, imperturbable, denso y frágil a la vez. La visión desde el agua de esas montañas verdes y frondosas te transportaba por momentos a lugares lejanos del sudeste asiático. Pero el frío enseguida te hacia recordar que no era allí donde estabas. El norte de Europa no perdona cuando se acerca el invierno.

Sin embargo, el motivo por lo que sin duda, los cuatro recordamos aquel viaje es por lo que nos pasó aquella noche del 31 de octubre.

Desde nuestra llegada nos alojamos en una aldea cerca de los acantilados. Conocíamos de oídas la existencia de un par de buenos spots en esa zona. Estuvimos en la única casa de huéspedes que había en una hora a la redonda. El sitio era increíble, con sus casitas de piedra y madera impregnadas por la neblina, mezcla de agua y sal. Los bosques atlánticos que nos rodeaban nos recordaban a los de nuestra terriña, pero su color siempre tenía un tono más oscuro, como melancólico. Parecía que el tiempo había quedado suspendido en aquel lugar.

La casa de huéspedes de Moher
La casa de huéspedes de Moher

Las únicas personas con las que habíamos hablado hasta entonces habían sido los dueños del hostal. Eran una pareja de jubilados. Sus hijos, al crecer, fueron marchando todos a la capital. Al verse solos decidieron alquilar las habitaciones que les sobraban y ganarse un dinero extra.

El señor era un tipo flacucho, de cara lánguida y pelo canoso. No era muy hablador, pero parecía siempre dispuesto a escuchar. Cada vez que llegábamos de surfear nos recibía con una sonrisa y unas Murphy’s bien frías, esperando a que le contásemos como había ido la sesión. Parecía siempre muy atento a lo que le contábamos. Tenía curiosidad, además, por cuestiones muy concretas que nadie hubiese reparado en ellas, pero él sí lo hacía. Detalles como la presencia de gaviotas, el color del horizonte o el número de olas de una serie parecían transportarle a momentos ya vividos.

La señora, al contrario que su marido, era mucho más habladora. Era una mujer rechoncha, de cara redonda y mofletes siempre colorados. Tenía el pelo muy rizado y de un color marrón muy vivo. Durante los desayunos aprovechaba para contarnos alguna de sus muchas vivencias, casi siempre relacionadas con sus hijos y nietos. Se notaba que los tenía siempre muy presentes, y eso le honraba.

Aquella mujer tenía un don, y era en los fogones. Cocinaba de vicio. Algo exagerado. Y lo mejor era que cocinaba solo para nosotros, porque éramos los únicos huéspedes en esas fechas. No nos perdimos ninguna de sus cenas durante nuestra estancia, pero la noche del 31 de octubre el matrimonio iba a salir. Era la fecha en la que toda la aldea celebraba conjuntamente el Samhain, una celebración de tradición celta en la que, antiguamente, se almacenaban provisiones y se sacrificaba el ganado, de cara a los duros inviernos. Pensaban además, que durante esa noche los espíritus de los muertos les visitaban, por lo que encendían hogueras para ahuyentar a los malos espíritus. Con los años esa celebración derivó en lo que hoy se conoce en muchos sitios como Halloween. 

Acordamos con la señora que nos dejase algo preparado antes de que se fueran y que luego ya nos veríamos en la celebración.

Cuando regresábamos de los acantilados, la imagen de la aldea rodeada de hogueras en la más profunda oscuridad nos sobrecogió. El cielo estaba despejado, y las estrellas se difuminaban entre las cortinas de humo que se desprendían del fuego. Había, al menos, una treintena de hogueras, quizás más. Era como si todos los habitantes de aquel lugar hubiesen encendido una… Caminando entre las sombras llegamos a la casa de huéspedes, que era una de las más apartadas del núcleo urbano. Al llegar nos sorprendió ver, tras la pequeña ventana del salón, una luz tenue y minúscula…¿se habían dejado los ancianos una vela encendida?

Al entrar la sorpresa se convirtió en un gran susto. Sentado junto al candil había una sombra negra que empuñaba una cerveza. Los cuatro gritamos. Intentamos encender torpemente todas las luces que teníamos cerca y cuando lo conseguimos lo vimos allí, sentado tranquilamente en la butaca.

Era un anciano muy mayor, de larga y tupida melena blanca. Su cara y manos eran blancas como la luz, y sus ojos de un azul muy claro, casi inerte. Vestía una camisa negra larga y muy holgada. Ese hombre era lo más parecido a un muerto en vida que había visto jamás. Después del grito nos quedamos mudos. Él nos miró impasible, hasta que nos preguntó si queríamos tomar algo. Uno de nosotros volvió a gritar un poco, no recuerdo muy bien quien fue… Su voz había sonado frágil y débil, como si fuera a romperse en cualquier momento. Contesté que no. Se nos quedó mirando esperando a que los demás contestasen, pero nadie dijo nada.

Volvió a darle un trago a su cerveza. Nos miró de nuevo y nos preguntó qué tal había ido la sesión de surf. En ese momento Emilio salió corriendo por la puerta, y Dani le siguió. Tras volver la vista miré a Moncho y le dije: —Ni se te ocurra. No dijo nada. Ese loco nos conocía. El anciano se levantó muy despacio, dejó su cerveza y, sin mirarnos, dijo suavemente: —Veo que no tenéis muchas ganas de hablar hoy, así que me voy a dormir. Subió lentamente las escaleras y se fue. Salimos corriendo de ahí y nos fuimos hacia la plaza, esperando encontrar allí a aquellos dos que nos habían abandonado a nuestra suerte con el viejo.

Al llegar al centro de la aldea los vimos cuchicheando en un rincón. Toda la gente había salido de sus casas para reunirse con sus vecinos en torno al fuego. Pero lo hacían en absoluto silencio y respeto. La emoción y tensión del momento vivido suponía un gran contraste con la paz y armonía que se desprendía de aquella congregación.

Cuando Emilio y Dani nos vieron llegar no nos dieron oportunidad de reprocharles nada. Dani, con la cara girada del susto, nos dijo que los ancianos no estaban allí. Que habían preguntado por ellos y que nadie les había visto. Al explicarles lo que había pasado en la casa mientras no estaban, decidieron que ellos allí no volvían hasta que no amaneciese. A Moncho y a mí creo que tampoco nos hacía mucha gracia esa idea, y decidimos quedarnos en la plaza, en compañía de toda la gente que allí se había reunido…

A eso de las cuatro de la mañana apenas quedaba nadie por allí. Los resquicios de las hogueras se consumían poco a poco y el frío comenzaba a hacer mella. Teníamos que volver al hostal, al menos a buscar algo de abrigo. A Dani se le ocurrió que podríamos coger las tablas con las fundas y dormir un poco dentro de ellas en la playa. Al resto no nos pareció mala idea, tampoco quedaba mucho para amanecer y al menos nos daríamos un último baño antes de irnos de allí.

Al llegar, la casa estaba sumida en la oscuridad. Entramos silenciosamente, encendiendo todas las luces del comedor. Cogimos cada uno nuestras tablas y salimos rápidamente de allí.

El camino hacia la playa fue mucho más largo de lo normal. En los días que habíamos estado allí nunca habíamos bajado de noche, y eso nos retrasó bastante. Al llegar, vimos que la marea estaba muy baja y eso me tranquilizó, podríamos dormir al menos un par de horas antes de que saliese el sol.

Los alaridos de Emilio sonaron como un escalofrío helado al alba. Abrí los ojos y comprendí, al mirar hacia el mar, qué ocurría. Sobre las olas se deslizaba una sombra negra con una elegancia y estilo increíble. Me froté bien los ojos y allí lo vi. Estaba seguro. Esa silueta era el anciano.

Los cuatro nos miramos, nos habíamos quedado sin palabras. En una serie enorme lo perdimos de vista. Cuando el mar quedó en calma ya no había rastro del viejo.

Aquella mañana no surfeamos. Ya habíamos tenido bastantes emociones fuertes, así que decidimos regresar a la casa de huéspedes a recoger nuestras cosas. Al llegar nos encontramos a toda la aldea allí. No entendíamos nada. Entramos y vimos a la señora llorando desconsolada. Su marido había muerto la noche anterior.

En ese momento lo entendimos todo.

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