Hay un momento antes de salir a cada viaje que es único y que me devuelve por unos minutos a la infancia, a aquellos días repletos de ilusión y en los que la mayor parte del camino todavía estaba sin escribir. Voy juntando las cosas en el salón. Empiezo por la funda, que nunca es mía, porque pienso que, en realidad, después de este viaje de surf no habrá muchos más. Aún no sé muy bien por qué les he puesto fecha de caducidad, pero parece que en mi subconsciente algo me dice que algún día dejaré de buscar olas para empezar a buscar otras cosas. Abro la funda y compruebo que no hay nada dentro y entonces traigo las tablas y luego los trajes de neopreno que esparzo por encima de las tablas tratando de que les protejan las zonas más propensas a llevarse golpes como la punta, la cola o los cantos del medio. Y mientras voy empaquetando todo, me imagino cómo romperán esas olas que en ese instante sacuden la costa a miles de kilómetros de donde yo estoy. Y me veo surfeándolas, recorriéndolas de forma delicada de arriba abajo hasta llegar a la orilla y remontar de nuevo en dirección al pico, donde hay apenas cuatro o cinco surfistas esperando su turno. El agua está templada y sopla una ligera brisa de tierra que limpia toda la bahía. Y cuando termino de meter los juegos de quillas, los inventos y la parafina cierro la funda y la dejo apartada en un rincón hasta la mañana siguiente como quien deja apartado un sueño que confía en que se convierta en realidad.

Para alguien del norte de España aterrizar en Marrakech en los últimos días del año es lo más parecido a rebobinar de golpe hasta la primavera, hasta aquellos meses en los que el cielo comenzaba a despejarse y el sol ya dejaba sentir su calor. Viajar a Marruecos también, en cierto modo, es eso: un viaje en el tiempo. El interior de cualquier medina encierra un sinfín de pequeños negocios donde las cosas se compran igual que siempre se había hecho, negociando cara a cara. Para cerrar una operación no vale el clic de un ratón o un toque en el teclado. Es necesario salir a caminar. Y en ese paseo uno se tropieza con el intenso olor del cuero que recuerda lo que es: un trozo de piel de un animal muerto. Y con un reguero de turistas que han comenzado su particular regateo por una prenda de ropa o por una pieza de artesanía. Y con esos puestos de especias que, de repente, iluminan las callejuelas, repletos de comino molido, canela, cúrcuma, nuez moscada, pimentón, jengibre, cardamomo, … y que cada tendero mezcla de forma única para componer su particular ras el hanout. Un combinado de especias que quizás sirva para adobar el pollo que están a punto de sacrificar en la carnicería que hace esquina a solo unos metros de distancia y que acabará en la mesa como uno de los ingredientes principales de un tajine.

Y luego está el mar. Y esas derechas kilométricas de las que siempre habías oído hablar. Con un buen swell las líneas que avanzan desde el noroeste recortan los cabos hasta que empiezan a romper contra el fondo de roca y liberan hileras de olas que parecen sacadas de una postal. Cuando remas una antes del amanecer, bajo una luz anaranjada que se refleja sobre la superficie del Atlántico, piensas que aún sigues durmiendo, que es imposible que esté trazada de forma tan milimétrica… con esa primera sección potente, seca con la marea baja, y que se frena conforme va recorriendo una laja prácticamente plana, desgastada por millones de años de continua erosión, y que vuelve a acelerar en el tramo final, cuando ya está a punto de cerrar a más de 200 metros de donde te habías puesto de pie.

Pero pronto te das cuenta de que no estás solo. En los picos de Marruecos -como en todo el mundo- cada vez hay más gente. Y demasiada, con poca idea de qué va esto del surf. Es verdad que se identifican rápido. Llegan a la playa con el último modelo de tabla y los litros de un pro. Y cuando se van a meter ni siquiera han identificado el punto por dónde deben entrar y acaban arrastrados por la corriente o, en el peor de los casos, molestando en el medio de la ola. Luego salen y reparten sonrisas y buen rollo, porque se creen que ya forman parte de la tribu de moda. Desconocen que lo único realmente cierto del surf es que un surfista odia encontrarse con otros surfistas. Incluso fuera del agua, en el restaurante a un palmo de la arena donde hacen pescado a la brasa y sirven té verde con hierbabuena, te cuesta cruzar miradas con quien intuyes que ha llegado hasta allí a hacer lo mismo que tú. Temes que te pregunte dónde has surfeado y que tu buena educación te impida contarle una mentira.

 

Y prometes que nunca volverás. Y ya estás pensando en volver. Porque un parte malo, el frío de las noches estrelladas -hay algunas noches en que la temperatura se desploma más diez grados, pero el cielo, desde la azotea de una casa en un pequeño pueblo, resplandece como en pocos lugares hayas visto-, la masificación o algunos locales cortos de modales no dejan de ser pequeños contratiempos con los que se puede vivir. Al fin y al cabo, pese a lo que exhibimos en las redes sociales, nada es tan idílico como parece. Y, como en la vida, si las adversidades logran que tu alma se encharque es que quizás no hayas escogido bien a tus compañeros de viaje.

Cinco recomendaciones para un viaje a Marruecos en invierno

No importa las condiciones que haya, sacrifica un día de surf para visitar la medina de cualquier ciudad, recorrer sus calles y comer en algún restaurante que no esté infestado de turistas.

Si no bajas en coche, alquila uno y recorre la costa en función del parte. En el norte suele entrar más mar y en el sur menos viento y algún grado extra de temperatura. Si algún sitio se presta a un road trip ese es Marruecos. Además, abriendo bien los ojos y prestando atención al mapa, aún hay espacio para la aventura, para descubrir picos solitarios.

Mete un 4/3 en la maleta. Cuanto más al norte, más fría está el agua, que puede ponerse a 16-17 grados, lo que sumado a algo de viento, complicará tu baño de primera hora.

Lleva un saco de dormir. Por regla general, los alojamientos son buenos y están limpios, pero si se complican las cosas, acabarás agradeciendo que tu cara no toque las sábanas.

Cuando estés en la costa, come pescado. Es barato y fresco. Un plato de sardinas del día a la brasa puede ser el mejor colofón a una jornada exprimiéndote en el agua.


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