“Conocí la playa de Laga allá por la segunda mitad de los años veinte”.

Así comenzaba el artículo que Ramón de la Mar Silva escribió en 2002 para el boletín del club de surf de Laga. Veamos siguiendo sus palabras cómo era la playa entonces.: “Tengo muy viva la gran impresión que me produjo la vista de la playa cuando, llevado por mi curiosidad, dejé al resto de la cuadrilla en Laida; tomé la carretera, subí a Anzoras y, un poco más adelante, me asomé al punto en que desde la carretera se contempla la playa con el formidable cabo de Ogoño de telón de fondo”. “Cuando les conté a mis amigos de Amorebieta que había visto una playa, preciosa y casi desierta, hubo tres o cuatro que dijeron: ‘En la próxima salida a Pedernales y Laida tenemos que llegar hasta Laga’. Estábamos a punto de abandonar nuestros planes cuando, de forma casual, nos enteramos de que algunos de los autobuses de la línea Bilbao-Lekeitio, solían hacer el recorrido por Kanala a Laida, Laga e Ibarrangelu, para seguir hacia Lekeitio.

Ramón de la Mar -Sopela-1922
Ramón de la Mar -Sopela-1922

“La asistencia de bañistas a la playa era mínima”, extracto del artículo citado ciñéndonos ya más al tema del baño en el mar y el juego con la las olas:“De Elantxobe e Ibarrangelu acudían algunos grupos de chicos y chicas y, de cuando en cuando, llegaba algún autobús con excursionistas procedentes de Bilbao y otros pueblos de Bizkaia. Recuerdo que los clubs de fútbol modestos como el Begoña, Fortuna o Atxuritarra acostumbraban a organizar todos los años una excursión que denominaban ‘vuelta a la costa’ y tenía como parada obligada la playa de Laga, pero no para bañarse, sino para comer en el ‘Chulapón’. Bañistas, lo que se dice bañistas, apenas se veían. Y era muy raro poder contar más de media docena de personas metidas al mismo tiempo en el agua. Y, si había un poco de marejada, o en cuanto salía alguna ola, la playa quedaba totalmente desierta, lo que aprovechábamos para jugar a la pelota o bañarnos a nuestras anchas y coger olas sin más instrumento que nuestros propios brazos y manos. Fue el año 34 cuando se unieron a nuestro grupo unos cuantos algorteños (Pereiro, Txano, Ugalde y alguno más). Estos trajeron unas tablas de contrachapado, curvadas por la parte de adelante, con las que ellos cogían olas en las playas de Ereaga y Arrigúnaga. Pronto aprendimos su manejo e iniciamos algo que con el tiempo se puede ver como un balbuceo del apasionante deporte del surf que tardaría muchos años en aparecer en nuestras costas, tal como lo conocemos ahora. ¿Quién nos iba a decir que tras las rudimentarias tablas de poco más de un metro de largo y menos de cuarenta centímetros de ancho vendrían con el paso del tiempo las actuales y elegantes tablas de surf?”

Ramón de la Mar haciendo planking, Sopela 1942, foto de Daniel Zubimendi?
Ramón de la Mar haciendo planking, Sopela 1942. Foto ¿Daniel Zubimendi?

Ramón, nacido en Bilbao en 1912, me contó que las tablas las vendían en una ferretería de las Siete Calles cuyo nombre he olvidado, y que cuando el Banco lo destinó a Gijón a finales de los cuarenta consiguió que un carpintero le fabricara una. José Luis Elejoste, getxotarra nacido en 1925, era cuñado de uno de esos algorteños que aparecieron en Laga con sus tablas y alguien muy, muy dinámico, lo que fue importante para nuestra historia de las olas. Sin embargo, no llegó a comprar ningún planking en esa ferretería que mencionaba Ramón. Quizá ya no se vendían después de la guerra. También es verdad que hasta el año cuarenta, José Luis solo conoció la playa de Las Arenas, donde no hay olas. Entonces, con quince años, su familia fue a veranear a Zarautz; donde sí había olas y empezó a tomar contacto con ellas: “Allí empecé a cogerlas a pecho pues había dos individuos que lo hacían muy bien, uno de ellos Ángel Berazadi”. Cuando dos años más tarde se trasladó a Algorta vio en casa de su cuñado “una tabla de esas; total, como él ya era mayor y no la utilizaba la empecé a usar yo. Era una gozada, así que me estrené a coger olas con planking con una tabla que mi cuñado tenía de antes de la guerra fabricada por él mismo. El nombre de planking no se le daba aquí, se daba en Argentina, donde lo utilizaban. Y de eso me enteré yo viendo las revistas del Reader’s Digest. Un número venía con esa tabla, diciendo que se daba mucho en las playas en Argentina, y lo llamaban Aquaplano. La tabla que tenía mi cuñado se la habían hecho antes de la guerra, el año 28 o el 26 varios amigos, no solamente él: cortaron una chapa de contrachapada…pero sin usar la revista, simplemente porque se les ocurrió a ellos, que ya cogían olas a pecho. Si en vez de ir así lo hacemos sobre una placa, que es mejor…se les ocurrió así hacerlo. Aquí fueron varios los que lo practicaron. Mi cuñado (Pereiro), unos Arísteguis, los Estrades, y todos esos que eran muy deportistas también, siete u ocho, no sé si la idea fue propia o la cogieron de algún lado, la verdad. Con la guerra la cosa se quedó hasta que la lancé yo por el año cuarenta, o así. Entonces por aquí no había más tabla que la de mi cuñado, porque las otras o se habían roto o las habían perdido. Verme a mí cogiendo olas en Sopelana causó furor. Andaba normalmente en Larrabasterra, Peñatxuri y Ereaga. Solo yo practicaba, tenía todas las olas que quería. El problema es que como no había más tabla que la mía, al llegar a la playa tenía cola. No se vendían ni hacían en ningún sitio. En el año 52 me la rompieron y tuve que fabricar tres tablas de 1,30 por 33 cm. Conseguí un tablero de una madera especial en la aeronáutica, puse agua a hervir, metí la parte delantera de las tablas a remojo y cuando estaban blandas las curvé por la punta dejándolas secar bien, las recorte, pinté y listas. Así tenía dos para dejar y una para mí, podía andar con otros, más divertido y seguro. A una de ellas, que aún conservo, le puse quilla y fue todo un éxito”.

Mariasun de la Mar Iturraspe en Plentzia hacia 1965. Foto Ramón de la Mar
Mariasun de la Mar Iturraspe en Plentzia hacia 1965. Foto: Ramón de la Mar

Y como José Luis no quería pasarse todo el rato fabricando plankings explicó a alguien la forma en que debían hacerse.

Eso posibilitó que me regalaran a mí un flamante planking hacia el año 1974. Con el que se trajo mi aita de Gijón ya no había para toda la familia. Mi madre lo compró en Irusta, una armería y juguetería clásica de las Arenas. ¿Costaría 500 pesetas? Todavía las olas se cogían de pie, impulsándose de un salto por donde cubría poco, como en realidad se había venido haciendo desde hacía décadas, desde cuando no había ni aletas. Por tanto, se iba delante de la ola por la espuma y no por la pared de las olas. Pero pronto aprendimos a utilizar las aletas y recuerdo haber visto a alguien con un planking con quilla en Mundaka en los años ochenta, recorriéndose los cientos de metros de la mejor ola del continente. Con su planking, sí.

Desde hace tiempo me he preguntado por el origen de la tabla de coger olas, como la llamaba mi aita. Planking, que es el nombre de la madera contrachapada en inglés, se la llamaría después. ¿Venía de Hawái?, ¿es un invento espontáneo de todos los pueblos de la costa? Ambas cosas, seguramente.

Los baños en el mar, proscritos durante la Edad Media entre otros motivos por considerarse vía de propagación de enfermedades, se empiezan a considerar fuente de salud en el siglo XVIII: templaban los nervios y aliviaban dolencias como la melancolía o la tuberculosis. Enseguida adoptan un cariz lúdico; retozar en la arena y jugar en el mar, y principalmente con las olas, en las rompientes, lo que horrorizó todavía a los “descubridores” de Hawái o a los de Tahití, se convierte a comienzos del XX en algo unido al verano de mucha gente en Europa.

Ximun Curutchet, del colegio Xalbador de Kanbo, publicó el artículo Surfa Ipar Euskal Herrian en el boletín digital de Eusko News en una fecha que he traspapelado, quizá hace una década. Ahí afirmaba: entseguak egin ziren Miarritzeko hondartzetan: lehenik XIX. mendean, igerilariek “planky” deitutako taula ttipi bat erabiltzen zuten uhinen gainean lerratzeko(se hicieron intentos en las playas de Biarritz: primero en el siglo XIX, los nadadores usaban una tabla pequeña para deslizarse encima de las olas).

Bellyboarders en Cornwall hacia 1920. Foto http://www.worldbellyboardingchampionships.com/
Bellyboarders en Cornwall hacia 1920. Foto http://www.worldbellyboardingchampionships.com/

Es bien conocido, y para recordárnoslo está el flamante campeonato mundial de Belly Board, es decir, planking, (que se celebra en septiembre este año en Perranporth Beach) que algo muy similar al planking se practicaba en las costas británicas a primeros de siglo, ya en los años veinte. En Reino Unido, según declaró con motivo de una exposición en 2013 Peter Robinson, del British Surf Museum, los turistas traen la idea del surf. No solo lo hacen el príncipe Eduardo o Agatha Christie, que hicieron surf en Hawai con los beach boys, sino también un militar que funda el primer club de surf. Cornwall y Devon son los lugares agraciados por la buena nueva. Los paisanos utilizan trozos de madera para, tumbados sobre ellos, ser impulsados por la espuma de las olas. Precisamente en Cornwall, Tom Tremewan, el enterrador, es el primero en fabricarlas para su venta. Las construye con las tablas de los suelos y con trozos de ataúdes viejos.

Sabemos a raíz del relato de Javier Amezaga que Ignacio Arana trajo a Euskal Herria dos tablas de surf de Hawai, donde estuvo como cónsul hacia 1910; serían para coger olas tumbado, pienso yo, porque tablas de cuatro o cinco metros no tengo constancia de que ni siquiera los ingleses las trajeran. Pero las tablas de nuestro cónsul las quemaron en su casa alavesa para calentarse durante la guerra de España sin constar que las usara antes de su muerte en 1919.

Paipos en Waikiki. 1910-15
Paipos en Waikiki. 1910-15

Por esas fechas Duke Kahanamoku contribuía a difundir el surf logrando afianzar el deporte de las olas primero en Oahu donde casi había desaparecido, y luego en las dos costas de Norte América, llevándolo incluso a Australia en 1915 aprovechando el tsunami de su fama de Mikel Phelps de la época, o mucho mayor aun, pues nuestro Phelps no es un extraterrestre y Duke sí lo era. Eran tablas inmensas que por ejemplo en Freshwater se fabricó él mismo in situ para la ocasión. Pero el amor por Hawái no fue únicamente originado por el soberbio nadador olímpico. Como nuestro cónsul, muchos se habían sentido atraídos por el deporte. Mark Twain o Jack London son dos ejemplos ilustres de muchos centenares de turistas no tan célebres que encontraban en el surf un aliciente para conocer Hawai, principalmente Waikiki en el sur de Oahu, junto a Honolulu, la capital. Los beach boys liderados por Kahanamoku y su ejército de hermanos y amigos, haciendo gala del espíritu Aloha, ayudaban a turistas de alta alcurnia o de fama galáctica a dominar las olas. Quizá se olvide que la mayoría de los viajeros no podía contar con una enorme tabla para hacer tándem ayudados de un atlético kanaka y que muchos se buscarían la vida en la orilla tal y como hizo Jack London, según contó al mundo en su reportaje publicado en 1907 por Woman’s Home Companion, así como que no se había podido poner de pie. Mark Twain, que lo intentó en la isla grande de Hawái en 1866 había sido más rotundo al afirmar con sorna que el deporte solo eran capaces de practicarlo los hawaianos, los kanakas.

Escribió George Freeth en The Evening Herald en 1917 que la práctica de hacer surf de pie se había perdido totalmente en Hawái, por lo que hacia 1902 se las tuvo que ingeniar para aprender a recorrer las olas de pie a la manera en que recordaba la gente que se hacía. Un deporte con tradición milenaria a punto de extinguirse apuntalaba su renacimiento gracias a sus exhibiciones americanas anteriores incluso a las de Duke, pues es contratado ya en 1907 para hacer surf en Redondo Beach, despertando una expectación inusitada.

3 japonesas con tabla
3 japonesas con tabla

El deporte del surf se remonta en la Polinesia hasta el año 2.000 antes de Cristo según Ben Finney y conocía dos grandes modalidades, la de las tablas alaia y la de las olo. De ambas clases se encuentran muestras en el Museo Bishop de Honolulu. Ahí se muestran alaias de 2 y 4 metros, de madera de koa, una acacia. También se puede ver una olo de casi seis metros, estas se hacían de una madera más ligera, wili wili, y solo las usaban los nobles, los jefes, los reyes. Por tanto, las alaia, mucho más fáciles de transportar, y sus réplicas, serían las que conocerían las olas europeas, y no los olos.

La Exposicion Panamericana de San Francisco de 1915 (con un pabellón de Hawái) organizada para celebrar la conquista del Canal de Panamá fue la responsable según Mondo Brutto de la fiebre por la Polinesia que arrasó en las primeras décadas del siglo XX y que poco después catapultó la música hawaiana con sus steel guitar a las recién nacidas radios y gramófonos de todo el mundo; ello iba a terminar de exacerbar la admiración de la gente por las islas del Pacífico.

Juan Giribet y José Manuel Mecolay en los primeros 60, en Santander, foto de su colección
Juan Giribet y José Manuel Mecolay en los primeros 60, en Santander. Foto de su colección.

Algunos pioneros del surf cantábrico de los sesenta como Jesús Fiochi, Amador Rodríguez, Jon Susaeta, y muy especialmente José manuel Mecolay “Meco” y Juan Giribert, me contaron que conocían los planking y muchos se iniciaron en el deporte de las olas con esta herramienta en Bizkaia, Cantabria y Asturias antes de agenciarse sus longboards. En Gipuzkoa, según Iñaki Arteche, se llamaban champeros pero era algo muy minoritario. Sabemos cómo llegaron las alaias a Cornwall; de manera similar llegarían a Biarritz, y seguramene esos plankys que menciona Curutchet cruzarían la muga antes de la guerra.

Kanaka con alaia bodyboard en Waikiki final del XIX.
Kanaka con alaia bodyboard en Waikiki final del XIX.

Pero si es cierto que el surf nos llega desde Hawái, Finney, estudioso y fundador de la Polynesian Voyaging Society, recoge tradiciones de surf tumbado provenientes del XIX en Australia, Senegal, Nueva Zelanda. Japón, añadimos, donde un poeta haiku lo documenta a mediados del XIX. Porque seguramente jugar con las olas es propio de muchos pueblos costeros del mundo, y tras las empopadas de las embarcaciones y tras coger olas a pelo o a pecho, lo siguiente era ayudarse de un trozo de madera.

En los ochenta, los boogies, conocidos familiarmente como “corchos” (el invento de Tom Morey se data en 1971), acabaron con el planking. Así, vimos primero los únicos, incomparables, Morey Boogies de materiales entonces exóticos para nosotros (venían de hecho de la investigación con fines bélicos), y luego la enorme variedad de bodyboards de materiales sintéticos que conquistan las orilleras y olas más enconadas del planeta. Aquellos primeros boogies los compramos ávidos en Iparralde donde Jo Morraiz y compañía pues los veíamos en la revista Surfer. Las alaia las ha dinamizado a partir de 2004 un constructor australiano de tablas, Wegener, tras visitar el Museo Bishop; son tablas finas de madera, sin quilla, que con la vuelta a los orígenes que implican han aportado otra perspectiva del surf de los últimos años para la gente que busca la esencia del deporte de las olas.

Se me ocurre por fin que desde hace muchos años, en Euskal Herria, cantamos la canción de Lete&Laboa, Izarren Hautsa: Así vivimos, creando y recreando nuestro ámbito. Sin descanso. Trabajando pervivimos. Y a esa dura cadena estamos todos atados El hombre tiene necesidad de dominar un medio hostil. Vive esa lucha y de ella extrae su verdad. Busca afanosamente la sabiduría y la luz. Y en esa búsqueda no conoce el descanso. Se orienta por sendas oscuras. Y va inventando nuevas leyes, jugándose en ello la vida.

Pero esta historia que he querido recoger y trasmitir hoy, la del planking, es la modesta aventura de “crear y recrear nuestro ámbito”, sí, pero en una medida muy humilde, sin expediciones ultramarinas ni viajes siderales, sin extracciones subterráneas, ni agotadoras cosechas; sin labores penosas, en definitiva, ni jornal que las justifique; la aventura de dominar un “medio hostil”, por fina que sea esa franja donde la base de las olas choca con el fondo que las hace romper. Entre risas, en pos del placer, para olvidar por un momento la guerra, el racionamiento y el hambre, los sistemas totalitarios, las desigualdades, el gris ceniza de la vida; para burlarse al fin de la parca, como aquellos clientes del enterrador de Cornwall. Y amontonado en tu arena guardo amor, juegos y penas.

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