Personajes. #1 Dane el aussie

Solo pasó un par de meses entre nosotros, pero su recuerdo y su legado permaneció  durante mucho tiempo. Se llamaba Dane y era de Nueva Gales del Sur.

Lo cierto es que nadie recuerda muy bien cómo ni cuando apareció por primera vez en nuestra playa. Debió ser a finales de los ’90, eso sí, porque vino cargado de dólares, marcos y demás divisas europeas. Sin embargo hoy en día hay algo de lo que nadie tiene dudas, Dane era un tipo especial.

Nos visitó durante dos inviernos. En nuestro pueblo es más o menos habitual coincidir con surfistas extranjeros durante el verano, sobre todo con alemanes y franceses, que se dejan caer por aquí con sus furgos y caravanas. Pero el caso de Dane era distinto.

Aún recuerdo la mañana en que lo conocimos. Era un día de perros, de puro y crudo invierno. Teníamos una potente borrasca sobre nosotros, con un vendaval que te dejaba tiritando, lluvias fuertes y olas grandes. A pesar de que las olas tenían buen tamaño, el viento las hacía añicos y el pico, o mejor dicho el lugar donde solía estar el pico, ero poco menos que una trinchera de espumones en medio de un huracán. No esperábamos que nadie se metiese en el agua con tales condiciones, más aún sabiendo que esa borrasca que nos estaba golpeando dejaría tras de sí unos cuantos días de olas muy buenas; pero alguien decidió echarse.

Mi buen amigo Mikel, que vive muy cerca de la playa, fue quien me había avisado de que había un tarado en el agua. Cuando llegué al mirador vi como, desde mi coche, ya habían llegado algunos más a ver el “espectáculo”. Mikel enseguida vino hacia mí a decirme que se había equivocado y que aquel tío no era un tarado, si no que sabía muy bien lo que estaba haciendo. La verdad es que aquella mañana todos, a pesar de que alguno no lo reconociera, nos quedamos sin palabras viendo la capacidad que tenía aquel desconocido de leer ese pico indescifrable.

Tras esa carta de presentación, a Dane no le costó mucho integrarse en la comunidad surfera del pueblo. Resultó ser que el joven, no debía tener más de 22 años, además de ser un auténtico crak en el agua, también lo era fuera de ella.

Recuerdo como el primer año que estuvo, a pesar de chapurrear tan solo una veintena de palabras en castellano, consiguió que la panadera le diese trabajo de repartidor. Eso le permitió  ganar un poco de dinero e integrarse en nuestra pequeña sociedad. Además, el hecho de terminar su jornada laboral bien temprano, le permitía pasarse todo el tiempo que quería en la playa, que era, lógicamente, lo que más le gustaba. Era una persona que siempre sonreía y siempre tenía un buen gesto con todo aquel que le ayudaba. Sin duda era un tío que sumaba.

Cuando terminó ese invierno nos dijo que tenía que continuar con su viaje por Europa pero que volvería. Dijo que estaba muy agradecido por ese tiempo y, a pesar de haber estado un par de meses,  se le veía emocionado de verdad en su despedida. Sinceramente, creo que muchos de nosotros también lo estábamos.

El invierno siguiente cumplió su promesa y volvió. Fue una gran alegría para todos y, en parte, también una sorpresa. Algunos dudaron que volviese, pero allí estaba de nuevo el australiano.

Y menos mal que volvió, porque ese invierno fue histórico. Ese año Dane no trabajó. Alguno de los nuestros, el que menos lo necesitaba, también perdió el trabajo. Pero todos surfeamos mucho, más que nunca. Y aprendimos mucho también de aquel chaval.

Fue durante esos meses cuando realmente fuimos testigos de la calidad del surfing de Dane. En nuestra comunidad éramos una treintena de surfistas, de los cuáles una docena de ellos surfeábamos todos los días que había olas. Ninguno de nosotros, a pesar de nuestros egos y convicciones, éramos capaces de surfear con la fluidez y potencia que lo hacía Dane. Tuvimos la suerte de poder surfear con él y de aprender observándole.

Ese invierno fue un regalo para todos, en especial para Dane, que parecía estar en una nube. Y la guinda nos llegaría con un swell gigante que golpeó nuestra costa durante dos días seguidos. Ese momento supondría una revelación para nosotros.

Teníamos la gran suerte de contar con una playa en el pueblo que no solo estaba muy bien orientada hacia los swells del noroeste, si no que además aguantaba buen tamaño. Eso sí, a partir de los tres metros las olas eran un desastre y Dane lo sabía, pues había surfeado en esas condiciones el día en que lo conocimos. Lo que no sabíamos nosotros era que Dane conocía mejor nuestra costa que nosotros mismos, y de eso fuimos conscientes el día que entró el swell gigante.

Cuando llegamos a la playa aquella madrugada el océano se había vuelto inmenso. Las olas comenzaban a romper por detrás del faro del cabo, y el pico, además de inaccesible, había quedado difuminado en varias rompientes unos cincuenta metros más atrás. Fue entonces cuando fuimos a la furgo de Dane y nos salió con un mapa. A 50 minutos de allí conocía un spot en donde rompían olas increíbles con esas condiciones. Mikel y yo nos miramos incrédulos. Allí donde marcaba Dane solo había rocas. Era un bajo conocido por los barcos de pesca, pues quedaba bastante cubierto del mar abierto y la pesca allí era excelente, pero jamás habíamos oído que nadie surfeara allí.

Los entusiasmados “es super bueno allí” de Dane nos convencieron, y allá que fuimos. Y esa fue la mejor decisión que tomamos en años.

Aquel bajo de rocas era una auténtica joya. Una izquierda y una derecha rompían al ritmo del compás en una forma de A perfecta. El take off, hueco y rápido, era sin duda la sección más difícil, pero luego la izquierda se abría lenta y suave ante ti, ofreciendo una pared limpia e irresistible. La derecha era mucha más corta que la zurda, pero un auténtico cañón. Tras el exigente take-off salía un tubazo tan ancho como bajo. Tenías que ir prácticamente de rodillas sobre la tabla para salir airoso y disfrutar del último giro antes de que la ola muriese.

Esa sesión supuso un antes y un después en nuestro surfing y también en la amistad con Dane. Tras su marcha, para la cual hicimos una auténtica fiesta en su honor, mantuvimos el contacto con él durante muchos años. Incluso Mikel fue, con alguno de los locales, a hacerle una visita a Australia. Se casó y tuvo hijos, pero seguía surfeando increíblemente. A Mikel y a mí no nos quedó más remedio que revelar nuestro “Secret-A”, pero en nuestro recuerdo siempre quedaría aquel día en que lo disfrutamos prácticamente en solitario. Junto a Dane el aussie.

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